El Lic. Juan Taveras de Oleo, psicólogo clínico y pastor, advierte que la República Dominicana atraviesa una crisis estructural en la salud mental de sus cuerpos castrenses, una realidad que, aunque históricamente invisibilizada, hoy se manifiesta con mayor crudeza a través de hechos de violencia intrafamiliar protagonizados por agentes del orden.
Estos eventos no deben ser interpretados como desviaciones individuales o fallas aisladas del carácter. Desde una perspectiva clínica y sistémica, constituyen expresiones conductuales de un desgaste psicoemocional crónico no intervenido, en un contexto institucional que ha priorizado la disciplina operativa por encima del equilibrio psicológico del individuo.
“Estamos ante un fenómeno de desregulación emocional progresiva. No se trata de falta de entrenamiento táctico, sino de ausencia de contención psíquica. Un individuo puede estar altamente capacitado para responder al peligro externo, pero completamente desprovisto de herramientas para gestionar su mundo interno”, sostiene el especialista.
Los miembros de los cuerpos castrenses operan bajo condiciones que favorecen la acumulación de carga traumática: exposición reiterada a eventos violentos, presión jerárquica constante, jornadas extensas, privación del descanso y, en muchos casos, limitaciones en el acceso a espacios de desahogo emocional o intervención psicológica continua.
Desde la psicología clínica, este patrón puede derivar en cuadros como:
Estrés postraumático no tratado (TEPT)
Trastornos de control de impulsos
Estados de irritabilidad crónica y agresividad reactiva
Desensibilización emocional
Consumo disfuncional de alcohol como mecanismo de escape
A nivel sociocultural, la problemática se agrava por la persistencia de un modelo de masculinidad rígida dentro de estas instituciones, donde la vulnerabilidad emocional es percibida como debilidad, lo que inhibe la búsqueda de ayuda y refuerza mecanismos de represión psíquica.
El resultado es un perfil de alto riesgo: individuos armados, emocionalmente saturados y sin canales efectivos de regulación, lo que incrementa la probabilidad de respuestas violentas en entornos íntimos, donde disminuye el control social externo.
Análisis estructural:
El problema no radica únicamente en la presencia de estrés, sino en la ausencia de un sistema institucional de salud mental que funcione bajo tres pilares
fundamentales:
Prevención primaria: educación emocional, evaluación psicológica desde el ingreso y monitoreo continuo.
Detección temprana: identificación de cambios conductuales, antecedentes de violencia o signos de inestabilidad.
Intervención oportuna: acompañamiento clínico, retiro temporal de funciones críticas y seguimiento terapéutico.
Actualmente, la debilidad en uno o más de estos niveles permite que el deterioro avance sin contención, hasta manifestarse en conductas extremas.
Medidas urgentes propuestas:
Institucionalizar evaluaciones psicológicas periódicas, estandarizadas y vinculantes.
Crear unidades de salud mental con autonomía operativa dentro de los cuerpos castrenses.
Implementar protocolos formales de intervención ante indicadores de riesgo psicoemocional.
Establecer mecanismos de restricción temporal del porte de armas en casos clínicamente justificados.
Desarrollar programas de entrenamiento en regulación emocional, manejo del estrés y resolución de conflictos.
Integrar a las familias como red primaria de detección y apoyo, con orientación profesional continua.
El Lic. Juan Taveras de Oleo concluye que la seguridad nacional no puede seguir siendo concebida exclusivamente desde la capacidad operativa, sino también desde la estabilidad emocional de quienes la sostienen.
“Ignorar la salud mental en los cuerpos castrenses no solo es una omisión institucional, es un riesgo activo.
Prevenir no es opcional; es una responsabilidad ética, social y estratégica.”
